Siempre te dijeron eso de que las fiestas no eran lo tuyo.
Crédulos ellos, nunca supieron leerte.
Es que en esa esquina parada, manejabas el ritmo del lugar.
Mirabas en silencio, marcando el compás.
Si alguien te hubiese preguntado, habrían entendido que tu disfrute radicaba en observar.
Nadie sentía la música cómo vos, y el baile en tu sonrisa le sacaba tres vueltas a cualquiera.
Bendita sea yo, que fui testigo de tus relatos.
Aparecía en esa lista de privilegiados.
Y por como vivías las fiestas, bendita seas vos.
Y gracias por siempre darme una invitación.
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