lunes, 11 de mayo de 2020

Tiempo de vals

Hay infinidad de cosas sobre las que mucho no entiendo,
y muchas otras que las sé porque las aprendí en casa.

Sé de rock nacional pintando las paredes de mi casa,
fútbol en el campito con los pibes del barrio.

La mesa larga para tomar el té con mis primos.

Apoyar mi mentón en la cabeza de mi abuela cuándo la abrazo.

Esas cosas sólo las sé explicar hablando a los gritos en la mesa de un domingo.
Son rituales que huelen a abrazos grupales y comida en la parrilla.

Es ese olor que tiene colores,
que veo con los ojos cerrados,
que me vibra en las tripas.

Arroz con mayonesa de mamá,
los bizcochuelos de mi tía,
escuchar las bochas chocando en
el pasto del patio.

Las risas de memoria,
las despedidas urgentes,
los besos robados...

Tengo un vals incompleto en algún lugar esperando.

Y el abrazo que nos tocaba,
junto a la sonrisa para esa noche
que me tenías guardada,
esa sonrisa que era más mía que nada,
resguardados en un costadito
de mi corazón.

Ese logro de regalo que aún me quema en los dedos para dártelo.

Hay silbidos que vienen con el viento a visitar las calles del pueblo,
hay tardes en que esos silbidos me acunan el pecho.

Algunas noches la luna cuelga de una estrella.

Esas noches duermo tranquila,
porque aunque yo sé que es una coincidencia,
hay una parte mía convencida de que esa noche estás más cerca.

Tengo la sonrisa de mi abuelo,
junto a sus mejores abrazos,
en algún lugar esperando.

Y hay un vals incompleto que nos tienen reservado.

domingo, 10 de mayo de 2020

La calle nos pide todo

Esta noche la calle nos pide todo.

No entiende las formalidades de una primera cita, ni los resguardos de las primeras veces.

Se abre de par en par y nos enseña las hojas en blanco en las que está dispuesta a escribir nuestra historia

Vos me tomas  por la espalda y yo me congelo al instante en el que siento tu tacto.
Me doy vuelta para encontrar tu mirada y las piernas se me doblan cuándo de tus pestañas escapan todos los secretos del universo.

El corazón me brinca del pecho al darme cuenta qué, sí me lo permitís, estoy dispuesta a acompañarte hasta el fin del mundo.

Esta noche la calle nos pide todo y ahora, mientras vos me rodeas y yo escondo mi cabeza en tu pecho, siento que no tiene espacio para todo lo que juntos podemos darle.

Inmensa

Muy pocas veces en mi vida fui capaz de sentir la inmensidad.

La primera vez fue cuándo falleció mi tío.
El mundo quedaba pequeño sí él no lo estaba pisando,
y yo sólo buscaba la forma de detener el tiempo
para poder dividir en dos la historia de la humanidad.

La segunda fue cuándo perdimos a mi abuelo.
El cupo de lógica en mi cerebro dejo de bastar,
y no existían manos lo suficientemente
grandes para acunar todo mi dolor.

No entendía como mi vida debía
continuar con su curso normal
si él ya no estaba para verlo.

La tercera es con la que me quedo.

Fue una noche en el medio de una ruta,
cuándo el universo me sirvió sus estrellas en bandeja
y el cielo me abrazó por los hombros.

Con la verdad en la punta de mis dedos
y leyendo constelaciones por primera vez,
regalé todos mis secretos sabiendo que
estaban bien custodiados.

Esa noche viendo el cielo no me sentí pequeña.

Me sentí afortunada.