Hay infinidad de cosas sobre las que mucho no entiendo,
y muchas otras que las sé porque las aprendí en casa.
Sé de rock nacional pintando las paredes de mi casa,
fútbol en el campito con los pibes del barrio.
La mesa larga para tomar el té con mis primos.
Apoyar mi mentón en la cabeza de mi abuela cuándo la abrazo.
Esas cosas sólo las sé explicar hablando a los gritos en la mesa de un domingo.
Son rituales que huelen a abrazos grupales y comida en la parrilla.
Es ese olor que tiene colores,
que veo con los ojos cerrados,
que me vibra en las tripas.
Arroz con mayonesa de mamá,
los bizcochuelos de mi tía,
escuchar las bochas chocando en
el pasto del patio.
Las risas de memoria,
las despedidas urgentes,
los besos robados...
Tengo un vals incompleto en algún lugar esperando.
Y el abrazo que nos tocaba,
junto a la sonrisa para esa noche
que me tenías guardada,
esa sonrisa que era más mía que nada,
resguardados en un costadito
de mi corazón.
Ese logro de regalo que aún me quema en los dedos para dártelo.
Hay silbidos que vienen con el viento a visitar las calles del pueblo,
hay tardes en que esos silbidos me acunan el pecho.
Algunas noches la luna cuelga de una estrella.
Esas noches duermo tranquila,
porque aunque yo sé que es una coincidencia,
hay una parte mía convencida de que esa noche estás más cerca.
Tengo la sonrisa de mi abuelo,
junto a sus mejores abrazos,
en algún lugar esperando.
Y hay un vals incompleto que nos tienen reservado.