Te gusté tanto, pero tanto; que no sólo te moví el piso, si no todos tus prejuicios con él.
Caminabas tranquilito y derecho, como quien se sabe precioso y se cree invencible por ello.
Yo te miraba de lejos, lo suficientemente lejos cómo para no ser capaz de notar tus rasgos, pero con la ironía de sabérmelos de memoria.
Podía ver tus hoyuelos, sentir cada rugosidad en tu piel, el olor de tu perfume, tu mentón en mi frente..
Te escuché reír a carcajadas por mis chistes malos, buscarme los besos, abrazarme de espaldas, querer dormir conmigo, planear a meses.
Ay pibito, me gustaste tanto, tanto, tanto.
La diferencia es que yo no le tengo miedo a sentir, ni un librito que leer para saber de quién gustar.
Por eso fue tan fácil desencantarse de tus encantos al instante en que tus ganas de posar en la foto fueron más grandes que las de pasarla bien.
No hay comentarios:
Publicar un comentario