Ya no, que miedo.
A estas alturas el año pasado estaba sumida en tantísima mierda que hoy me cuesta reconocerme en el espejo.
Tenía las ojeras mucho más marcadas, pesaba tres kilos menos, no me levantaba de la cama salvo que sea obligación, mis ojos siempre estaban hinchados y mi cara húmeda por las lágrimas.
No te despediste, no fue gradual. Me empujaste fuera de tu vida sin darme siquiera derecho a réplica.
Ese dolor fue tan palpable que llegué a creer que nunca se iba a ir. Me acostumbré a convivir con él; sabía disimularlo, entendí que no desaparecía si no que cicatrizaba por algunas épocas, supe darme cuenta cuándo la herida estaba por abrirse y muchas noches (más de las que me gustaría admitir) me desgarro en carne viva.
Por eso me costó tanto reconocer cuándo se fue. De hecho aún no sé en que momento dejó de habitar en mi.
No es que de repente me di cuenta que podía vivir sin vos, eso ya lo sabía; lo increíble fue entender que ya no me quitaba el sueño no tenerte conmigo.
Y no sé como explicar el alivio que me abraza, no lo entenderías. Porsupuesto que yo sabía que en algún momento iba a salir de tantas penumbras, pero la pesadez dolía y asfixiaba tantísimo que llegué a sentir pánico de vivir así para siempre.
Cambié mucho, por suerte.
Por suerte también no me enojé con el amor, hubiese sido triste culparlo de tus errores.
Hoy vuelvo a descubrir el mundo desde otra perspectiva y te agradezco la ínfima parte que tenés que ver con eso.
Me había olvidado que el insomnio podía tener otros nombres.
Como el mío, por ejemplo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario