Parece un mal chiste y resulta hasta irónico que tantos años después aún siga pensando en vos, en lo que pasó.
Es hasta obsesivo, rozando lo enfermizo.
Pero en realidad es mucho más sencillo que explicaciones tan rebuscadas.
La culpa, señoras y señores.
La maldita culpa que no muere ni te deja vivir en paz.
Pasaron las horas, los días.
Los días se transformaban en meses, y los meses en años.
Mientras nuestros mundos colapsaron vimos cómo la rutina del resto seguía girando, y por mucho que queríamos detener el tiempo nunca pudimos lograrlo.
Y descargaste sobre mis hombros, con absoluta razón, toda la frustración que te generaba la situación. Todo el dolor, toda la bronca.
Y me borraste de tu vida, te convenciste de que mi papel era el de villana.
Elejiste olvidarte de la persona que habías conocido antes de confundir todo, y creeme que me gustaría enojarme y odiarte por eso pero la realidad es que te envidio profundamente.
Por más que quisiera, por más que lo intenté no puedo aborrecerte, no puedo odiarte.
No me olvido de nuestras charlas, de todas las madrugadas en las que trasnochamos, de la cantidad de debates estúpidos por los que terminabamos peleando para pedirnos perdón a los quince minutos, de que pensé que conocía todas las teorías conspiranoicas que rondaban por internet y hablando con vos noté que no estaba al tanto ni de la mitad.
No olvido de verte pelear todos los días por desarmar lo que conocías, no me olvido de verte perder.
Sé que te herí, se que fui cruel, sé que no te cuidé.
Pero esas jamás fueron mis intenciones.
Si te soy sincera aún hoy no entiendo muy bien cuales eran mis intenciones.
Me sobrepaso sentir de repente todo lo que estaba sintiendo.
Yo sólo te pido, te ruego, si no es un perdón es que por un momento cierres los ojos, y con el tiempo pisandonos los talones dejemos de fingir que nada pasó.
Decime qué pasaría si nos viéramos en otra vida, en otro lugar.