Uuuff 2018. Te estás yendo ya. Faltan poco menos de tres meses para terminar este año que incié con tanta incertidumbre.
Fue el primero de muchos en el que partí soltera (aunque no sola) y me reencontré despúes de cinco años con la soledad. También no incié un diario como acostumbraba, lo cual fue extraño debido a que fuiste coronado por los cambios.
Me costó encontrarme en esta nueva ciudad y eso trajo de la mano viejos fantasmas que me arrastraron a una zona en la qué ya no quería volver a estar.
El primer semestre se puede resumir en muchas horas de llanto, tres ataques de pánico y una crisis existencial. No explotaba a ningún lado, estaba estancada de una forma burda. La universidad estaba siendo una experiencia muy buena, pero me seguía sintiendo sola. Estaba volviendo a intentar encajar, a callarme. Estaba volviendo a odiarme. Pasaba los días en lugar de vivirlos. Cuando recuerdo esos días tengo un gusto agridulce en la boca...
Pero, y esta es mi parte favorita debo admitir, llegó el segundo semestre.
El segundo semestre se puede resumir en una sola frase, que estoy tan orgullosa de poder decir ya que hacía mucho no lo decía de una forma tan segura: fui (soy) feliz.
Aunque también se podría resumir en cervezas, tomé más que en toda mi vida. En largas charlas, largas, eternas. En aprendizaje, tanto en la universidad cómo de con quienes compartí estos meses. Y es ahí donde quería llegar.
Ay 2018, fuiste tan intenso y complicado, pero vales toda la pena por la gente que conocí.
Unas más que otros, obviamente, pero todos en general.
Que miedo lo feliz que soy, no estoy acostumbrada.
Portate bien y terminalo en el tiron que vas. Por favor.